DissAina

La vida cesaba a las 9 de la noche.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

La predisposición para los idiomas es tan misteriosa como la de ciertas personas para las matemáticas o la música, no tiene nada que ver con la inteligencia ni el conocimiento. Es algo aparte, un don que algunos poseen y otros no.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

Pero no ocurrió así, porque en esta vida rara vez ocurren las cosas como las pichiruchis las planeamos.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

En los intervalos de esos soliloquios masoquistas, sobrevenían otros, de alegría e ilusión.

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Había construido castillos en el aire y se iba a llevar la frustración de su vida.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

La compenetración era perfecta sólo cuando hacíamos el amor, pues en todo lo demás encarnábamos las antípodas.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

He visto demasiado ya, y aún así me sigo asombrando.

Eres la única persona a la que hubiera podido contárselo. Y, además, necesitaba decírselo a alguien. Pero, tal vez, he hecho mal. ¿Me perdonas si te doy un beso?

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

No, no, no es amor -repitió moviendo la cabeza-. Es más complicado, una enfermedad más bien, ya te he dicho. Me hace sentirme viva, útil, activa. Pero no feliz. Es como una posesión.

Travesuras de la niña mala - Mario Vargas Llosa.

Perdona que sea persona y que tenga fallos.

Existían sonrisas - Kaze.

El Château Meguru era una casa de citas que funcionaba en un edificio laberíntico, lleno de pasillos y escaleras oscuras que conducían a unos cuartos equipados con saunas, jacuzzis, camas con colchones de agua, espejos en las paredes y en el techo, y aparatos de radio y de televisión, junto a los cuales había pilas de vídeos pornográficos con fantasías para todos los gustos imaginables y una preferencia marcada por el sadomasoquismo. También, en una pequeña vitrina, preservativos y vibradores de distintos tamaños y con aditamentos como crestas de gallo, penachos y michas, así como una rica parafernalia de juegos sadomasoquistas, látigos. antifaces, esposas y cadenas. […] también aquí la limpieza era meticulosa y enfermiza.

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Y me contó que nunca había visto desnudo a su marido, porque, desde el primer hasta el último día, hicieron el amor a oscuras.

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